Alumnos de Alomartes homenajean a su maestro 45 años después.
En los tiempos de la leche en polvo americana, la banda sonora en las escuelas españolas era “Yo tenía un camarada”. Eran tiempos de penurias, de pizarra y pizarrín, de tinteros y cartillas, de la letra con sangre entra y de rosarios a media tarde. En los días fríos de invierno los alumnos de Don Pablo se acurrucaban de cuatro en cuatro en los bancos para dos. Con Don Pablo no había inclemencia del tiempo, ni sabañones que parara una clase. En los tiempos de la leche en polvo, a primeros de los sesenta, ser maestro era muy duro. Pero, para los que como Don Pablo elegían ser maestro de escuela por vocación, era muy gratificante.
Aquellos niños alomarteños de los años sesenta recuerdan esa época con emoción. Las anécdotas se suceden y don Pablo no puede borrar su sonrisa de la cara, está emocionado. Es una comida en su honor, veinte antiguos alumnos honran a su maestro, don Pablo Núñez Rodríguez, cómo la persona que les enseñó a leer y a escribir, a disfrutar del conocimiento, a valorar el esfuerzo, a compartir y a ser respetuosos con los demás.
Don Pablo, nació en el 1935, hijo de una maestra, que también ejerció en alomartes. La desgracia se instaló pronto en su vida, ya que, cuando tenia tan sólo año y medio se quedó huérfano; su padre, carpintero de profesión, fue asesinado en las paredes del cementerio de Granada, en un día de infausto recuerdo; el 18 de agosto, la misma noche que mataron a Federico García Lorca. Su madre, también ejerció en Alomartes y entre las dificultades de aquel tiempo consiguió que sus tres hijos estudiaran una carreara, dos maestros y un profesor de física.
Acabó la carrera y en cuanto pudo pidió plaza en su pueblo para estar cerca de los suyos y para enseñar a los hijos de sus amigos. La escuela en Alomartes estaba en la plaza, servía de espacio para el recreo y las actividades extraescolares. Allí un fotógrafo local capturo una imagen de los niños de Don Pablo, los de la tercera clase de la Agrupación Escolar de Alomartes. Esta semana, 45 años después, se reunieron de nuevo en el mismo lugar para repetir la instantánea. Han llegado desde Barcelona, León, Sevilla o Granada, también están los que viven en Alomartes, son médicos, profesores, empresarios o agricultores y quieren homenajear a su maestro en una comida de hermandad. Don Pablo está feliz y emocionado, se siente orgulloso de sus alumnos y de entregar su vida a la enseñanza. Y ratifica su certeza de que eligió el oficio más hermoso del mundo; el de enseñar a los niños a ser buenas personas y prepararlos para encarar el futuro con garantías.



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