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Ana Barea Arco. Pregonera oficial de las fiestas de Íllora

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Nuestro lugar de encuentro con el latido de la vida

Queridos convecinos, amigos y familiares:

Ante todo gracias por estar acompañándome esta noche.

Es un privilegio y un honor tener la oportunidad de dirigirme a vosotros, de esta forma tan especial  y entrañable.

Hacerlo desde este balcón del antiguo Ayuntamiento, en la plaza del pueblo, el lugar que conserva el latido de momentos cruciales e intensos, de la historia de nuestro pueblo, una historia que se remonta a los orígenes de la civilización, un lugar por donde han transitado todo tipo de culturas y pueblos y que han vertido en nosotros todo su conocimiento, para conformar nuestra identidad.

Soy consciente de que este es un privilegio inmerecido. Carezco de meritos personales que justifiquen mi presencia aquí esta noche. Son  la amistad y el cariño que comparto, con las personas que organizan este evento,  las responsables de que se me haya otorgado este regalo. Gracias Lola por tu sincera amistad.

Personas que merecen todo nuestro reconocimiento, en su afán y entrega por mantener y fomentar estos momentos de encuentro y alegre  convivencia entre todos los vecinos de la villa de Illora y sus pedanías.

Y el privilegio de estar aquí es aún mayor si cabe, que en otras ocasiones, porque a pocas mujeres se les ha brindado esta oportunidad. Gracias Garrido, ojala todos los machistas fueran como tú.

En otras ocasiones, el pregón de fiestas, lo han hecho personas  que nacieron y vivieron aquí una parte de su vida y que el resto transcurre fuera. Mi situación es diferente, aquí naci y viví mis años de infancia y adolescencia y tras veinte años residiendo fuera he vuelto a instalarme nuevamente entre vosotros, aunque trabajo en otra localidad.

Nací en uno de los barrios, por aquel entonces, más humildes del pueblo, La Joya.

Viví, mis primeros años de infancia,  en estas calles, que entonces  no pertenecían a los coches, sino a los juegos y a las risas infantiles. Pertenecían a las gentes, eran nuestro  lugar de encuentro con el latido de la vida.

Cuando cumplí los siete años nos vinimos a vivir en el Pilarejo y ahí reside, aún, mi madre. El  colegio estaba enfrente, en la plaza del Arco. Las clases no tenían patio, el recreo era en la calle, donde se merendaba pan con azúcar y aceite, el respeto al maestro era sagrado y las nuevas tecnologías eran una libreta con muelle de metal y un cuaderno de caligrafía. Los días de fiesta nos daban leche americana. Así hasta que estrenamos el colegio grande un prodigio de comodidades y que lamentablemente no ha mejorado, su infraestructura, desde entonces. En aquellos tiempos, los vecinos se reunían, por las noches, a tomar el fresco  y los niños buscábamos luciérnagas; hasta ver la televisión era un acto de convivencia; porque si podíamos ver el festival de eurovisión era gracias a la generosidad de algún vecino que sacaba su televisor a la calle; eso en las calles que tenían la suerte de que alguien tuviera televisor. Rememorar aquellos días llena la memoria de nostalgia. Los momentos vividos en la infancia se te quedan grabados dentro, y forman parte de tu paisaje interior, para siempre, se te queda el calor de tus vecinos, el hombre de los garbanzos tostados, el cabrero que pasaba, con su rebaño, cada mañana y cada tarde, el melero y su mula, el aire de la Parapanda, frio y veteado, que te acaricia el rostro, en  una mañana de sol en invierno, la lata de melocotón que te llevaban las vecinas cuando caías enferma, las tardes de lluvia tras los cristales, esperando a que amaine, para poder salir a la calle y jugar a la lima. El agua de los pilares donde ibas haciendo paradas camino de casa, bebiendo y jugando. Ojala pudiéramos recuperar todos aquellos pilares. Como me gustaba jugar en esas fuentes; una vez que intentaba echar agua a los demás me subí al pilar y acabe dentro del pilón, con el vestido de los domingos.

La infancia se va diluyendo y nos enfrentamos a los cambios de la adolescencia, nuestra vida se va transformando, entre las paredes y los patios del flamante Instituto Diego de Siloé y la escuela de artes y oficios. Una adolescencia que vino marcada por los tiempos de la transición, fue un cambio de la infancia al mundo adulto, de lo viejo a lo nuevo, nos debatíamos entre las creencias de los boy scouts y las nuevas ideologías  democráticas, pasábamos de la inocencia  al conocimiento, del mundo de los tabúes al de las libertades recién descubiertas, del silencio al derecho de hablar.

Impregnada de ese remolino de cambios me fui alejando del pueblo. La vida se  va desarrollando fuera y vienes solo de visita, para acallar la añoranza vas tratando de estar aquí en los momentos de encuentro cruciales: la feria, las fiesta patronales. Va naciendo y creciendo el Parapanda Folk, hasta convertirse en el acontecimiento de encuentro de mayor trascendencia, encuentro entre convecinos y otras culturas y razas, es este un acontecimiento del que yo, como todos, me he sentido siempre, particularmente orgullosa. Pero  mi vida transcurria, aunque no demasiado lejos, si al margen del día a día del pueblo.

Decidí volver a instalarme, de nuevo, entre vosotros hace siete años, en un momento crucial para mí. Uno de esos momentos por los que muchos hemos pasado, cuando sientes la necesidad de recuperar tu identidad, de encontrarte a ti mismo. En esos momentos se hace fundamental volver a las raíces, beber de nuevo de las fuentes que te acunaron.

Y entre vosotros, mi identidad se ha ido configurando, nuevamente, no solo he nacido en esta tierra sino, que he vuelto para renacer en ella. Renacer es tomar conciencia de quien eres realmente, es sentir que creces como persona gracias a los que te rodean; es impregnar tu alma de la esencia de un lugar y de sus gentes y la mía se ha impregnado de la esencia de todos y cada uno de los que me rodean y si por nacimiento te vinculas a un lugar; igualmente o aún más fuerte, si cabe, es  el vinculo con el lugar en el que sientes que has renacido. Aquí, siempre, tengo  la certeza de que puedo encontrarme con un amigo, a la vuelta de una esquina o a la vuelta de un adiós.

Ahora quiero a este pueblo más que nunca, pero a veces, por el hecho de quererlo, también me duele. Me duele ver que  nuestras conciencias parecen estar aletargadas, que no apreciamos lo suficiente el gran regalo que nos da la vida, al poder formar parte de la geografía y la historia de este lugar. Desde aquí, yo deseo  que tomemos conciencia  del gran valor que tienen esta tierra y sus gentes, que apoyemos a aquellos que trabajan por recuperar nuestra memoria histórica, porque la memoria colectiva es nuestra verdadera patria; un pueblo sin memoria histórica es un pueblo sin raíces, que queda a merced de los vientos. Conservemos nuestro patrimonio,  unámonos a los que fomentan la vida cultural y formemos parte de los colectivos que cultivan esa cultura, en todas sus vertientes, música teatro, manualidades, da igual la opción que se  elija, lo importante es crear y compartir.  Sintamos dentro, que todos y cada uno de nosotros somos una hoja de este gran árbol llamado Illora, en el que todos somos necesarios y pertenecemos a un mismo tronco, en un lugar único. Y como todo árbol  este también ha ido perdiendo muchas hojas, a las que hoy añoramos y debemos honrar, porque un día contribuyeron con su vida al crecimiento de esta comunidad.

Afortunadamente, a pesar del letargo  aparente, la vida sigue latiendo y con ella el deseo de crecer y prosperar. Siempre hay personas con fe en el futuro.

Dijo Julio Verne: “Todo lo que un hombre es capaz de imaginar, serán capaces otros hombres de convertirlo en realidad”

Y si la imaginación de un solo hombre, puede tener tanto poder cuanto más no tendrá la imaginación de toda una comunidad como la nuestra. Así que hoy desatemos nuestra imaginación , tengamos fe en lo posible y lo imposible, creamos en un pueblo prospero, con los espacios adecuados para vivir en un encuentro permanente, espacios dignos para la enseñanza, la salud, el deporte, la cultura, espacios libres y sanos , espacios de los que todos nos sintamos parte y que podamos compartir con otras gentes. Apoyemos a los que vendrán a convertir en realidad nuestro sueño colectivo. Imaginemos un Illora  cuya identidad sean siempre la tolerancia, la hospitalidad y todos los valores que dignifican al ser humano.

Que Illora sea  un lugar, en el mapa, con identidad y luz propia.

Y ya no os hago esperar más. Las fiestas  están aquí y su espíritu alegre nos espera, para que todos celebremos, juntos, la dicha de pertenecer  a este pueblo y honrando a San Rogelio honremos a los que nos precedieron y sobre todo honremos la identidad que nos une.

Y sin más dilación doy las gracias a las autoridades y a la comisión de fiestas por su esfuerzo y buen  hacer.

Lo que Dios nos dé; San Rogelio nos lo bendiga y nosotros lo agradezcamos.

Muchas gracias a todos.

Que comience la fiesta.

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