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LA RUTA ROMÁNTICA DE GERALD BRENAN

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Colaboración especial ANTONIO JOSE LOPEZ LOPEZ Doctor en Filología Inglesa y Catedrático de Inglés.

         V.S. Pritchett, autor del estudio The Spanish Temper(El carácter español), comentaba en cierta ocasión que, de todos los países europeos que había conocido, España era el que le había causado una más honda impresión. Desde hacía mucho tiempo España venía teniendo un atractivo peculiar para los viajeros ingleses, pero, por quedar muy a trasmano de los itinerarios habituales del Grand Tour[1], pocos la visitaban. En el siglo XVII, por ejemplo, las clases altas enviaban a sus hijos, para completar su educación y ensanchar sus horizontes después de la universidad, a un largo periplo europeo en el que recorrían Francia, Italia, Alemania, etc. Más adelante estos viajeros, espoleados por el Manual para viajeros por España de Ford, fijan España como meta de su itinerario. Pero será a partir de 1832, después que Estébanez Calderón publicara sus Escenas Andaluzas, cuando Andalucía fue descubierta y tomada por los extranjeros: Borrow, Gautier y Mérimée.  Solían los viajeros británicos del siglo XIX comenzar su viaje en cualquiera de los puertos del sur de Inglaterra y terminaban recalando en tierras andaluzas por ser Andalucía la quintaesencia de lo romántico y lo español.

         Desde la perspectiva de hoy, no sería muy difícil entender los motivos por los que un joven inglés de poco más de veinte años aparece en 1919 por un pueblo perdido de la Alpujarra granadina, quedándose a vivir allí. No se trata de un viajero inglés “al uso”, de aquellos que recorrían nuestro país buscando lo exótico, la alteridad. El joven Gerald Brenan acababa de combatir en la Primera Guerra Mundial y había padecido los horrores y miserias humanas propias de cualquier confrontación bélica. Respaldado por una pequeña pensión como ex-oficial del ejército británico, agobiado por la encorsetada sociedad que le rodea, deseoso de autoformarse, piensa en España, ese país barato, como lugar de retiro, en principio momentáneo, para satisfacer sus deseos de libertad y autoformación. A Brenan ya le es familiar España como nos cuenta él mismo:

“Era yo un niño de 10 años (...). Mi abuela y mi madre acababan de regresar de un viaje de un mes a Andalucía. Traían fotografías, chucherías y recuerdos, y, desde mi punto de vista, lo mejor de todo: varios grandes trozos de turrón de Jijona. ¡Turrón!, ese bendito dulce oriental que en la boca de un niño conjura todas las delicias de las Mil y una Noches. Ese regalo de los árabes a España que ha sobrevivido todas las glorias del Califato y todos los Palacios del Guadalquivir. Mientras lo saboreaba miraba las fotografías y me imaginaba estar comiéndome la Alhambra”

         No obstante, su primer contacto con nuestro país será decepcionante, como él mismo nos cuenta:

“Mis primeras impresiones tras desembarcar en La Coruña fueron descorazonadoras. Pasé unos cuantos días recorriendo Galicia y luego viajé a través de la meseta en un tren mixto que se detenía durante diez minutos en todas las estaciones. A medida que nos arrastrábamos por aquella infinita extensión amarilla me sentía penosamente sorprendido por la desnudez y la monotonía de la región. Ni un arbusto, ni un árbol, y las casas, construidas de adobe, eran del mismo color de la tierra. Si toda España iba a ser así, no veía posibilidad de establecerme en ella.”

         Igualmente se siente decepcionado por la gente del país. Su visión de los españoles no respondía a la realidad:

“La gente también me desilusionó. Esperaba encontrarme con hombres envueltos en largas capas, con la daga al cinto, y mujeres en posturas goyescas, luciendo mantillas y peinetas. Lo que vi fue una raza sombría y paticorta que caminaba presurosa bajo los paraguas o charlaba estrepitosamente hasta las dos de la madrugada. Ni siquiera parecían amistosos.”

         Las largas etapas desde La Coruña hacia el sur no fueron, como él mismo confesó en Al Sur de Granada, demasiado gratificantes. Finalmente, el 13 de enero de 1920, termina su periplo instalándose en Yegen, pequeño pueblo de la Alpujarra granadina. A partir de aquí la vida de este joven inglés iba a cambiar por completo como él mismo nos relata:

“Me instalé en mi casa de Yegen el 13 de enero de 1920. Desde aquel día empezó para mí una nueva vida. Iba a cumplir los veintiséis años, pero, con la excepción de unos pocos meses de mi primera juventud, cuando me escapé de casa, nunca había podido vivir como quería.”

El pasado mes de enero un grupo de escritores e investigadores de la obra de Gerald Brenan rememoraron el viaje que el autor de Al Sur de Granada  hizo desde la ciudad de la Alhambra hasta su instalación en Yegen.

Es deseo de este grupo de estudiosos  proponer al Legado Andalusí la Ruta Gerald Brenan. Este itinerario, quedaría  trazado desde Granada hacia el Poniente granadino para pasar a la Axarquía de Málaga, seguir el camino por la costa y finalmente, desde Motril, subir hasta la Alpujarra, siguiendo el recorrido que el propio Brenan nos describe hasta Yegen.

Ya en el siglo XIX serán muchos los viajeros románticos que llegan a Andalucía deseosos de contemplar de primera mano y dar a conocer a través de sus textos estos lugares poéticos por excelencia.
Brenan, como él mismo confiesa, recorrió las tierras de Andalucía en busca del exotismo oriental que irradiaban los pueblos y ciudades, recogiendo en sus obras, con perspicacia y viveza, los usos y costumbres populares. Hoy, el interés para el viajero que recorra este itinerario radicará en las ciudades y los pueblos llenos de historia, leyenda y de referencias literarias.



[1] Era un itinerario de viaje por Europa, antecesor del turismo moderno, que tuvo su auge entre mediados del siglo XVII y la década de 1820, cuando se impusieron los viajes masivos en ferrocarril, más asequibles. Fue popular entre los jóvenes británicos de clase alta y servía como una etapa educativa y de esparcimiento, previa a la edad adulta y el matrimonio.

 

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